viernes, 18 de abril de 2014

    

COSAS DE SANTOÑA...







Permitidme hacer una corta introducción a estas pequeñas historietas sobre cosas de Santoña. Por supuesto, todas ellas son producto de mi imaginación, aunque estén basadas en personajes populares y hechos más o menos reales. Llamarlas cuentos sería demasiado atrevimiento.


Sí aseguro, sin embargo, que están hechas con el máximo cariño, que nadie debe darse por aludido y, si fuera lo contrario, quiero insistir en mi reconocimiento a todos los personajes. En cualquier caso, no pretendo sino haceros sonreir en el supuesto de que las leáis, pues, seguro, los méritos literarios son escasos.


Eugenio de la Cuesta Gutiérrez


 COSAS DE MI PUEBLO (O CASI)

No puede ser de otro modo con gentes que pasan 364 días del año acordándose cariñosa y escatológicamente de su dilecta Virgen del Puerto y sus no menos amados Padre , Hijo y Esprítu Santo, por no excluir a nadie de la familia, para redimirse en un sólo día entre cánticos, rezos, sollozos y lloros con procesión, misa, sacramentos y pagana corrida de toros incluída, todo seguido para volver a empezar un rítmico juego de costumbres que parecería monocorde si no fuera por los espasmódicos toques vitales que representan las costeras, imagen real de la indisoluble  unión de Santoña con la mar.
Porque la costera, que comienza con el bocarte, palabra de resonancias mágicas entre nuestras gentes, es la causa primera y última, la razón y la sinrazón, el ser y no ser, principio y fin de la existencia diaria. Es el acontecimiento que explica y da sentido a mareas, tempestades, vientos, calmas, dichas, desgracias y quehaceres de todo el año. El fuego envolvente y animoso de todos los comportamientos o el frío distanciamiento que, rompedor, separa los cuerpos de las almas en un frágil equilibrio que hace del gozo una costumbre o de la desdicha obligada convivencia.
Perturbadoras referencias  de un día, un mes o un año inolvidables, ardor en la memoria. Fueron largadas al sejo y al alba, por babor y estribor, a barlovento y sotavento, de redes trabajadas con brazos retorcidos y fatigas asumidas desde tiempos que no tienen fecha. Placenteras miradas y regocijo por el fruto conseguido aún sabiendo que no será siempre la incertidumbre quien sufra la derrota. El reposo reparador en “relinchos” desgastados por el uso de mil noches compartidas con salitre, olor de combustible y sudores sin remedio que flotan en el aire irrespirable. Llegadas a puerto con barcos rebosantes de bocarte como anuncio de la abundancia solidaria; jornales para el resto del año que serán el necesario alimento de la economía del pueblo y el émbolo que empuja las conductas.
Todos tenemos en la memoria épocas de especial significado. Todavía es costumbre referir, con orgullo, que hubo un día en  que nuestro puerto batió la marca mundial de anchoa recibida en una sola jornada. Tiempos que, por desgracia, ya no volverán.
Y avanzando el verano, con las aguas más templadas, la espera, día a día, del primer anuncio, la primera voz de alerta, de que los bonitos han aparecido más allá de la Azores. Barcos aparejados con primor y dedicación para enfrentarse al Atlántico y sus inclemencias. Hombres ilusionados con la primera manida del año a la cacea o con vivero, ansiando disfrutar de la temprana pieza conseguida, la que rompe la mano. Claro que ahora se han instalado a bordo esas afeminadas máquinas, qué otra cosa pueden ser, de carretes automáticos; que los barcos parecen ahora oficinas con relojes  para fichar la entrada y la salida. Días enteros navegando hasta el 52 en la confianza de tropezar la muestra inicial que provoque el arrebato, la locura colectiva de toda la tripulación. Las varas extendidas que denoten la ansiada picada, la que descubra se  ha topado con el primer barrial de bonitos que acuden al engaño o, ahora, del bocarte del vivero.
Hubo épocas, ya casi primitivas, en que esa técnica era, aunque artesanal, especialmente innovadora, cuando los barcos navegaban al empuje de máquinas de carbón que hacían insufribles las travesías de horas solamente, porque la ausencia de hielo o, qué progreso, neveras, hacían necesaria la venta inmediata de las capturas. Localizada una cintura de bocarte, se largaba el arte para coger unos quintales que desde la misma red ya a bordo, servían de regalado manjar a los bonitos. No había sedales de nylon que facilitaran la faena. Eran finos hilos de acero que cortaban las manos y se hundían en la carne.
Hoy son neveras industriales donde se estiban toneladas de bonito que llegan a puerto mejor acondicionados que los bombones suizos.Y la vida a bordo, no digamos. Que me lo han contado Colasín, Laureano, Segundo y otros muchos. Salían a sardina, unas horas, y con la captura de unos cientos de kilos, un tesoro que ahora parecería una miseria, rendidos los músculos de interminables largadas e izadas, iban a vender a Santander. Había que contar las sardinas por millares, colocarlas en las bañeras de las vendedoras y hacer la espera por si volvían con nuevas peticiones. Mientras tanto, para matar el tiempo, extendían las velas de navegar para su secado al aire y que luego sirvieran como sábanas de obligado y único equipamiento del “relincho”. No había luz eléctrica a bordo y el niño, aprendiz de tripulante a veces con sólo doce años, dejaba prendido el candil en la boca del “apartamento” procurando la débil claridad que permitiera encontrar el lecho común. ¡Qué cama redonda!
Si ahora, en el colmo del lujo y del boato, cada tripulante  lleva en el catre luz individual para leer, quien menos, El Quijote, quien más, La Crítica de la Razón Pura, o algún tratado de epistemología. Que no saben quienes fueron Marcial Lafuente Estefanía ni J. Mallorquí;  qué pena de cultura inútil,  ni falta que les hace.                                    .
Eran tiempos aquellos en que los artes de pesca eran de unas pocas brazas, y había que llevarlos a hombros entre todos los miembros de la tripulación para dejarlos en el secadero.  Hechos de algodón,  se rompían más que los platos de tiro olímpico. Era necesario teñirlos a mano metiéndolos en  las tinas con agua caliente y usando tintes tan indelebles y eficaces como las cortezas de pino. Las mujeres pasaban todo el día recosiendo el arte en unas condiciones inclementes. Aún recuerdo, me dijo Colasín, el día en que Zoilo, ya sabes, el padre de Laureano, me mandó donde Aja a comprar una botella de coñac y otra de anís para que las mujeres se animaran .
No quiero terminar este pequeño y nostálgico relato, sin dejar constancia de que nuestra generación y las actuales, tenemos un deber de gratitud para con todas estas gentes que nos precedieron. Que no importa lo que pensaran, las ideas que defendieran, las luchas en que participaron. Que debemos rendirles tributo por su sacrificio diario, su permanente enfrentamiento con un medio tan hostil y su vital optimismo que allanó nuestro camino. Gracias a todos.
                       
           
  POSITO NO 6 Y LA BALANDRA

Ya no existe la aventura. Todo son certidumbre cotidianas. Seguro que no habéis oído hablar del  Pósito no.6 ni de La Balandra, protagonistas de un sucedido que permanece en nuestra  memoria desde la más temprana infancia. ¿O es todo inventado?
Eran tiempos difíciles, de penuria y, la verdad sea dicha, admitamos la broma, en Santoña se vivía casi tan mal como en Laredo. Acabábamos de tener una guerra de hermanos contra hermanos, y los que no pasaban de primos sufrían penalidades sin cuento. Porque ricos y pobres siempre ha habido, pero a ver si alguna vez cambiamos los papeles en este teatro del mundo. Por lo menos un rato cada uno.
Esto es lo que debieron pensar los que huyeron en el Pósito no. 6 quienes, aburridos de disfrutar de prebendas, hastiados de comer merluza y lenguado, vamos unos resentidos y poco adictos al régimen, cogieron marcha a tope para largarse a Francia, que todavía se ve la estela del barco en la bahía y mira que han pasado años.
Llegados que fueron a Francia, les trataron como a  héroes. La prensa gala hablaba de ellos como bravos luchadores por la libertad y la democracia, y en prueba de la habitual exquisitez y generosidad del país vecino, les buscaron sitio privilegiado en los campos de concentración para los refugiados españoles, lo más lejos posible de las letrinas.
Los que volvieron para acá fueron premiados con algo así como una cruz de sufrimientos por la Patria  y permiso para cantar el Cara al Sol sólo dos veces al día, aparte de tener garantizada una cariñosa dedicatoria del Caudillo que firmaba su secretario particular, cuando la felicitación por su cumpleaños.
El caso es que alguno de los que se quedaron en Francia, a los que volvieron no les dio tiempo para nada, envió noticias a sus deudos en Santoña en lo primero que encontró a mano para poner unas letras. No reparó el ingenuo y desgraciado remitente en que escribía en  el reverso de un menú de un modesto restaurante, una hoja que algún despistado había abandonado. Y claro, cuando Valentín y su familia recibieron las esperadas noticias, cayeron en la cuenta de que venía también una relación de platos que imaginaron suntuosos. Poulain a la Vendome, Filet Mignon avec Pommes de Terre Foume, Faux Filet aux Fines Herbes y muchos más que revolvieron el magín y los jugos gástricos.
Reunido Valentín con la familia, rodeados del más estricto silencio propio del asunto, con amigos de entera confianza, planearon largarse a Francia en el mayor de los secretos. Decidieron que La Balandra, barco que en aquellos tiempos era el paladín de la velocidad marina, sería el instrumento adecuado e idóneo a su propósito, así que una noche de calma chicha y sin luna, sigilosos procedieron Valentín y los suyos a invadir el hermoso buque, definitivamente dispuestos a iniciar una huída que perseguía un sueño inalcanzable, una nueva vida.
Debidamente avituallados, arrancaron el motor después de asegurarse de que había suficiente combustible para tan corta travesía y emprendieron de inmediato un intrépido navegar. No les importaba o no tuvieron en cuenta, pues la emoción les invadía, que el ruido del arranque del motor había despertado, por lo menos, a toda la población de las Siete Villas y, desde luego, a los numerosos componentes de la guarnición en Santoña de la Guardia Civil, que fiel a su impresionante lema de Todo por la Patria, estaba vigilante como de costumbre. No habían pasado la barra, más o menos a la altura de donde se encuentra ahora la pétrea y hierática imagen de la Virgen del Puerto, creyendo ya percibir los salvíficos efluvios del pan fresco de trigo recién horneado y con torturadoras imágenes en la mente de rosáceas carnes tiempo ha perdidas en la memoria, cuando les pareció intuir en el horizonte, todavía difusa la imagen en la incipiente amanecida, la silueta amenazante de lo que aparentaba ser un buque de guerra. Y, en efecto, lo era, como comprobaron para su desgracia cuando se iban acercando al artefacto. Fueron amablemente reconvenidos e invitados a volver a puerto con la dulzura propia del caso y las educadas frases tan usuales en la época, aparte de recibir lo que parecía entrañable pero seria reprimenda del capitán del buque de guerra que resultó ser natural de Colindres.
En tierra tuvieron una agradable y no menos cariñosa acogida. Después de pasar por los calabozos municipales, los adultos fueron enviados a Burgos para ser sometidos a un moderno, por aquellos tiempos, proceso de reciclaje según recomendación de las mejores escuelas de Psicología patria. Comenzaba por las mañanas con unas lecciones de Formación del Espíritu Nacional, saludos brazo en alto al mediodía antes de la frugal comida y gimnasia reparadora con monótono recitar del dicho aquel de “mens sana in corpore sano”, además de rumbosos cánticos al ritmo de paso forzado. Todo un éxito.
Los niños que quedaron en Santoña, en muy corto espacio de tiempo y sin esfuerzo, llegaron a ser tan brutos como el resto de nosotros.                      
      

 UNA DE PUBLICIDAD

Esta es una historia que corre por los mentideros de Santoña sigilosamente. No es porque no sea de dominio público, sino porque como veréis si seguís leyendo estas líneas, tiene aspectos procaces que casi  nadie quiere asumir, ni  reconocer haber sido testigo activo de la misma. Si yo lo cuento es porque a mí en este pueblo me conoce todo el mundo y donde no me conocen, por esta misma razón. Que las cosas hay que considerarlas desde varios puntos de vista.
Suele ser generalmente aceptado que la ciencia de la publicidad tuvo su origen en los Estados Unidos de América y no seré yo quien lo niegue. Pero así como los de Santoña tenemos algo que decir de los submarinos versión de andar por casa, véase la muestra en el Brisa, también hemos sido pioneros en el arte publicitario, gracias a la originalidad no ausente de involuntario atrevimiento, de una firma comercial de antaño  establecida en la localidad. Es un caso paradigmático y se describe con todo detalle en los Cursos Master de la London School of Economy. Supongo lo habrán sabido por experiencia personal de algún profesor, como les sucedió a los que me lo han contado, pero me váis a perdonar que no cite  nombres, pues son respetables padres de familia casi  todos y no sería correcto descubrirles simplemente porque a mí me ha dado por escribir cosas de mi pueblo.
Y ya que se trata de contar el sucedido, sin más demoras ni rodeos estériles, os diré que todo comenzó en un club de alterne de Bilbao que se llamaba El Oasis. Era allá, por los años sesenta, uno de los más conocidos y reputados del norte de España, de cuando era una, grande y libre, y tenía fama por su ambiente acogedor, sus razonables listas de precios y sus hermosas mujeres, de muy  agradable trato y poco exigentes en cuanto al aspecto de la clientela. Allí se daban cita, con animada camaradería, los más variados tipos, en la seguridad de recibir una esmerada atención que era incluso mejorada cuando uno estaba dispuesto con prodigalidad a dejarse los duros de la cartera. Y en esto, la
verdad es que los de Santoña siempre hemos sido muy jacarandosos, sobre todo si ha habido buena costera de bocarte o bonito, y no digamos cuando las dos son exitosas.
Bueno, pues sucedió que, metido en faena, apareció un día Pituco por el local (como hay varias personas en Santoña que responden a ese nombre, evito  identificaciones dolorosas) dispuesto a sacar terrenal provecho a la partija recién cobrada después de haber vendido el SAN PIO ocho mil kilos de bocarte en Bermeo.
Con su aspecto desafiante, un pelín provocador y chulesco, atrajo la inmediata atención de dos o tres de las mejores mozas, al menos así  le parecía, y con un gesto que denotaba decisión y determinación supremas, eligió como compañía a una rubia despampanante, recién teñida, de edad imprecisa y de muy buen ver. Comenzó  el contacto con las frases habituales, hasta se preguntaron por los niños, y los primeros cien duros en copas. Pensaba Pituco satisfecho y orgulloso de su distinguido porte, qué fácil resulta compartir una velada casi amorosamente cuando, ya lanzado, la nueva amiga se marcó la inicial insinuación que su experiencia le decía era la definitiva. Sintió Pituco inmediatas subidas de tono vital y tensión arterial, amén de otras cosas que no es necesario mencionar pues de todos son sabidas, y una perturbadora emoción con imágenes prometedoras le invadió sin remedio. La terrenal hurí siguió profundizando, trabajando y moldeando el maleable material que tenía enfrente, explotando el terreno conquistado que decían en la mili. Empezó con un roce descuidado que a Pituco le pareció eléctrico, seguido de un sedoso manoseo, un mohín provocador y un dulce, alado, beso en la mejilla, anestesiante y embriagador al mismo tiempo. Otros cien duros en copas, que llegados a este punto bien parecía que nuestro amigo fuera socio de Botín, y el más caluroso encandilamiento amenazó su integridad física, que la otra ya estaba totalmente  perdida. Una relación que, aunque recién iniciada, ya semejaba ser profunda amistad y que Pituco creyó le permitía pasar, como si dijéramos, a mayores. La sinuosa y curvilínea  rubia mantenía el fuego necesario con el distanciamiento justo y preciso que obligara a nuestro héroe a decidirse por dar el traspiés que no tiene vuelta atrás, aquel que lleva directamente al precipicio. Tras la tercera copa y cuando ya Pituco no sabía si lo que tomaba era whisky Chivas Regal de doce años o tinto cosechero de donde Berto, se sintió autorizado para comenzar un hábil regateo. Es sin embargo evidente que la veteranía es un grado, que estas situaciones son ventajosas para quien mantiene la calma propia de muchos años de trabajo voluntario recompensado esporádicamente con las pródigas aportaciones de tanto personal necesitado.
Así que abocados al “do ut des”, que tanto clarifica las cosas, vióse Pituco descargado de billetes y monedas pues en ese momento ya no le importaba desestibar lo cobrado en la partija, que todo le sobraba. Acordado el estipendio sin un regateo de más, de menos tampoco, la verdad sea dicha, agarró la rubia solícita la mano de Pituco, por momentos más entonado que la coral Portus Victorae, y dirigió tierna, dulcemente, lo que ya solamente era un cuerpo con dos almas gemelas, hacia un “meublé”  que aún sin licencia de actividad, ni Impuesto de Actividades Económicas, se encontraba sito en las inmediaciones. Estaba el local decorado con preciso gusto muy adecuado para el caso; reproducciones de escenas del martirologio, fotos del Playboy para animación de los indecisos, muelle cama con sábanas de falso satén y un práctico perchero donde colgar, por innecesarias, las prendas íntimas.
Se dispuso Pituco, nada más cruzar el umbral, a sacar partido de su inversión en bienes muebles y como era hombre recio pero de extremada sensibilidad, recreándose en la suerte, atrajo hacia sí a la rubia en estrecho abrazo, comenzando la lenta y pausada retirada de vestimenta de la afortunada moza, en medio de la más completa oscuridad como, por otro lado, tenía por costumbre. Cada vez que sus torpes dedos desabrochaban un botón, aumentaba el ritmo de las palpitaciones y para qué contar cuando acarició lo que imaginó, porque no veía, dos hermosos  y turgentes pechos, que por entonces no había silicona. Con decisión torera descendió las manos a la cintura de su colaboradora y notó que lo que tenían que ser finas bragas, parecían de una rara reciedumbre, tejido tosco y sin flexibilidad, de una inusual rigidez. Pensó para sus adentros que ello era debido a la necesidad de protección laboral de los fondos mágicos de la rubia, dada su estática actividad sentada la mayor parte del tiempo en espera de desinteresada conversación. Sin darle mayor importancia, colgó las ropas en el perchero que tenía tan a mano y se dispuso a rematar la faena por derecho, a conseguir las dos orejas, rabo y pata como en la corrida de la Virgen del Puerto. No había hecho sino empezar tímidamente un trasteo de castigo, ni el estoque tenía preparado, cuando una luminosidad extraña y tenue procedente del perchero llamó poderosamente su atención. Fijóse en el fenómeno y creyó identificar una leyenda que le resultaba familiar. No sin fastidio, se levantó del catre previa excusa con la dama, hasta ahí podíamos llegar, y se acercó a la percha. Vió que la leyenda estaba impresa en las bragas recién colgadas y vió también, asombrado, sin dar crédito, que las letras fluorescentes decían:
TRANSPORTES BARRAMEDA.- Teléfono 3407.- Santoña.
Todo tenía su explicación. Resultó que hacía cuatro o cinco meses, unos conocidos vecinos, transportistas  radicados en la Villa, habían renovado el toldo del camión Pegaso en un almacén de Bilbao. Como era época de penuria, de aprovechamiento de cualquier cosa obligados por la escasez, el almacenista había pedido permiso a los dueños de TRANSPORTES BARRAMEDA para rentabilizar el tosco tejido, confeccionando prendas que, pensaron, a lo sumo serían deportivas. Tras reservarse un pequeño sobrante para trapos de sobar anchoas e iluminados por lo que ahora vemos fué genial previsión, pusieron como única condición al pacto que las prendas llevaran la inscripción fluorescente que queda dicha, aunque jamás pudieron imaginar acabaran  en un cabaret y menos que el paño fuera transformado en ropa que sirviera de singular protección de las herramientas mínimamente necesarias para que ciertas mujeres ejerzan la profesión de lo penúltimo que se puede ser en la vida.
Todas las mozas del club de alterne iban equipadas de forma similar y no dejó de comentarse en Bilbao y alrededores durante muchos años, dada la duración del tejido tan resistente al uso continuado, que era un placer sentir la tersura, rigidez y discreta pero eficaz elegancia de tan simpáticas cabareteras, a las que nunca se les descolgaron las carnes por muy trabajadas que estuvieran.
Como ya he contado, fué el caso un claro ejemplo de método publicitario productivo, barato y eficiente, figurando en el programa sobre el tema de las mejores y más prestigiosas Escuelas de Negocios.
El club Oasis cerró hace tiempo. TRANSPORTES BARRAMEDA, que yo sepa, tiene ahora más de cien camiones y dos de los hijos de uno  de los muchos Pitucos   que hay en  Santoña trabajan como chóferes en la empresa, aunque no conozcan los antecedentes.

         
 "ÑE CUÑAO"

 Puestos a contar historias, bueno es narrar un sucedido del que no hay referencias  en las más antiguas crónicas consultadas, ni tampoco científicas. He investigado todo lo habido y por haber y no he hallado siquiera un indicio, por mínimo que fuera, de algo similar.
No puedo menos que recordar a quién me la contó, al entrañable ÑE Cuñao, persona seria donde las haya. De ojos chispeantes, mandíbula saliente, austríaca, pelo abundante y canoso, pobladas cejas, nariz fina estilizada y piel curtida. Tenía un hablar con dudoso tartamudeo que procuraba resaltar a sabiendas de dar un toque de especial comicidad a todo su discurso. Nunca daba por negada una invitación a un cigarrillo o un chiquito, y podía estar  interminables horas contando historias que no por repetidas eran menos regocijantes. Curioso y singular representante de los numerosos personajes que tanto abundan en Santoña con un marcado toque original y que  siempre he achacado al secular carácter isleño de los pobladores de la Villa. Hasta tiempos relativamente recientes, hemos “disfrutado” de un aislamiento distanciador y preservador de nuestra muy especial idiosincrasia.
Siempre  comenzaba sus relatos tratando de dar fe, poco menos que notarial, con una introducción aclaratoria: antes de empezar a hablar, quiero deciros unas palabras. Entonces juraba por lo más inmediato, lo más a mano y aparentemente inofensivo, que su historia era cierta e irrebatible: que se muera el cura párroco de Portugalete si es mentira, decía. Aquí debo hacer un inciso para contaros que un amigo mío de Madrid, un paleto de ciudad, que creo llegó a Obispo Auxiliar de Mondoñedo, y que oía por vez primera a ÑE, impresionado, salió raudo a llamar por teléfono desde el Bar Buciero para avisar a alguien de la citada parroquia y pedirles prepararan los Santos Oleos y demás Sacramentos propios del caso; cuando consiguió línea ya habían fallecido tres párrocos. Nunca han sabido en Portugalete, ahora lo desvelo, por qué tenían quince o veinte cambios de párroco al año en tan desgraciadas circunstancias.
Bueno, pues a lo que íbamos.  Estando ÑE a bordo del Batabano, a bonitos a kacea por más señas (si uso el alfabeto euskérico es para evitar, si leen estas líneas nuestros vecinos, reproches ortográficos; de los otros los que quieran), arrimó un bonito, al menos eso parecía, hasta la amura y cuando Sito, el yerno de Gelín Caramomo, compañero de faena, iba a echarle la roncla asesina, vió en el bonito algo que le llamó la atención obligándole a parar la maniobra. Sin pensar en lo absurdo de su acción, se lanzó ÑE al agua para, en cariñoso, estrecho y prolongado abrazo que no recordaba haber dado con anterioridad, sacar el bonito de la mar y, tras generoso esfuerzo, depositarlo con especial cuidado en el lugar más propicio de la cubierta, a resguardo del sol abrasador de aquellos días de agosto. Creyó ÑE que el bonito le dirigía gestos delatadores de un secreto lenguaje, guiños plenos de sentido y pequeñas confidencias que sólo su bondadoso corazón podía interpretar, incluso rodeado de aquel ambiente de intensa mofa y asombro por parte de sus colegas. Dióse cuenta de que el precioso animal, de una arroba calculaba, lucía un no se qué distintivo, algo que le hacía diferente a todos los bonitos pasados por sus manos y eso que eran muchos. Para empezar, observó que aún sin el preceptivo garrotazo, el bicho seguía vivito y coleando, como si se encontrara en el mejor de los estados. La respiración rítmica, la piel brillante y como engrasada; cuando abría la boca parecía más bien bostezar relajado, sonriente y agradecido. Nadie era capaz de explicarse el extraño fenómeno, así que ÑE decidió continuar lo que en principio no era más que un imposible. Como ese día precisamente acababa la manida, volviendo a casa, pensó que lo mejor sería proseguir el juego iniciado. Cuatro días estuvieron navegando de vuelta y ÑE y el bonito, para entonces ya bautizado como Nituco, comenzaron a intimar, a hacerse verdaderamente amigos, ante el pasmo general. Los cuidados dispensados no hacían sino aumentar su acercamiento, y cada vez que ÑE le daba alimento, Nituco lanzaba miradas que aparentaban gratitud y sonrisas que recordaban un Tedeum. Era tan completo el grado de compenetración y adaptación al medio, que Nituco no ansiaba ya sino las panojas de a bordo, y rechazaba los chicharros que pescaba un aparejo de kacea echado a propósito. Permanecían juntos en la travesía vigilantes y gozando de la recién  establecida amistad que para sí hubiera querido San Francisco.
Cuando estaban llegando a Santoña, ÑE empezó a pensar y meditar que por muy amigos que fueran él y Nituco, no dejaba de ser una cosa poco común, más bien raro, que nadie le comprendería, como ya sabía por los compañeros de a bordo quienes, aunque  rendidos a la evidencia, no dejaban de cachondearse con irónicas bromas y crueles comentarios. Así que decidió poner al mal tiempo buena cara y afrontar resuelto las consecuencias de su extrañísima relación.
Llegado al muelle, y después de acomodar a su nuevo amigo en el cesto de trabajo, bajó a tierra procurando que nadie viera lo que en él llevaba, evitando así  explicaciones inconcebibles. Ya tenía bastante con lo que le esperaba en casa. A ver cómo le hacía entender a Toñina y a los hijos su nueva relación de amistad sin que pensaran estaba loco de remate y merecedor de encierro inmediato en el 20 de Valdecilla. Sin embargo, para su sorpresa, llegado a casa, no hubo mayores comentarios. Había tenido lugar un acuerdo familiar después de recibir aviso de parte de Segundo, patrón del barco, de que no le perturbaran, que le dejaran seguir el pacífico juego, ante lo que sin duda eran indicios claros de demencia. Entró Ñe en casa con la naturalidad acostumbrada y hasta dispuesto, después de quince días de manida, a echarle un tiento a Toñina que, resignada, comprobaba una vez más lo de otras tantas: mucha mecha ÑE, pero qué poca dinamita.  Como es bien sabido, después de las manidas es habitual que los hombres lleguen a casa hechos unos toros, por lo menos de los ojos para arriba, aunque más de una guarde para sus adentros la imagen real de cuerpo entero.
Total, que ÑE dejó su cesto a la entrada de la vivienda con el bonito a buen recaudo y se dispuso a acondicionar sitio apropiado para el animal ante la atenta y silenciosa mirada, no exenta de perplejidad, de sus deudos. Dispuso la bañera con agua dulce y un poco de sal, ración que iría disminuyendo paulatinamente ante la asombrosa adaptación del bonito. Nunca mejor dicho, se encontraba en el paraíso acompañado, además, de lo que empezaba a ser decididamente cariñosa actitud del resto de los miembros del hogar. Por las mañanas no le faltaban los habituales cuidados de limpieza personal, que no animal, cambio de agua, lustre de la piel y los mejores bocartes confitados para el desayuno, pues ya no podía digerirlos de otra forma. Mañanas placenteras escuchando música en la radio, con preferencia la emisora de  Laredo con canciones dedicadas, y oyendo conversaciones que aunque no entendía, añadían un mucho de familiaridad a su nueva vida. A mediodía casi  siempre ragú de ternera con un par de vasitos de vino tinto que  Toñina, enternecida y solícita, le daba con una cánula preparada al efecto. No faltaba la
siesta reparadora. Y antes de cenar, a media tarde, ÑE salía con Nituco a tomar unos chiquitos. Había preparado en el taller de Nando un pequeño carro que, tras depositar el bonito en un barreño, le permitía llevarle consigo porque  por mucho que lo intentó, y espero que se comprenda,  no logró enseñarle a andar. Comentaba ÑE con su habitual sorna, que Nituco no tomaba caldo inferior a cosechero tinto de La Rioja, y hasta llegó al extremo de tener que vigilarle estrechamente pues más de una vez, al salir de donde Piruco, última parada, tenía la impresión de que llevaba unas copas de más, cosa que quedaba reflejada, y no había otro modo, ni eses ni nada por el estilo eran posibles, en unos ojos más brillantes y relucientes que de costumbre. Llegados a casa una cena ligera, fanecas frescas para ÑE y repollo rehogado para Nituco que, hecho a nuestra terrenal vida, no soportaba muy bien los productos marinos; vamos, que prefería la verdura y la carne, a ser posible solomillo o cordero asado, más algún guiso o cocido amorosamente preparados por Toñina. Con decirte, me contó ÑE, que no sabíamos qué hacer en la Semana Santa, cuando sólo comíamos potaje de bacalao. Porque claro, lo de sacar bula para un bonito, por muy humano y cristiano que pareciera era demasiado y hasta el difunto D. Manuel no lo hubiera permitido; bueno, quizás pagando el doble previa consulta con el Vaticano, pero ya no viene al caso.
Y después de cenar, otra vez a la bañera, tras cambio de agua, nuevas sales y media pastilla de Lexatin 1,5 mg. al principio, pues parecía costarle coger el sueño, supongo que por los ruidos ambientales y la televisión, demasiado alto el volumen. Por cierto, que le encantaban los programas de la TV 2 sobre la vida salvaje.
El caso, me contó ÑE, llegó a oídos de la gente de Santander, en la capital, y bien que cuidaron de que se supiese en Madrid, que hasta el querido Almirante, el del monumento en El Pasaje, fué informado del tema; no le dió mayor importancia porque se conocían bien de cuando la guerra, que ÑE mandaba el Canarias y  el que con los años llegaría a ser importante autoridad, todavía era un novato que navegaba a sus  órdenes. Pues como queda dicho, conocieron del caso en Madrid, y en esa época de escasa investigación, pocos descubrimientos (ahora es diferente), lo publicaron en una revista científica en la que recogían estudios de un tal Lorenz sobre el comportamiento animal. Lo dieron también en el Nodo y la verdad es que a ÑE le daba apuro tanta importancia. Le quisieron nombrar alcalde de Ancillo. Y vino un tal Tommy Smith de Nueva York que le hizo fotos y le mostró imágenes de la estatua de La Libertad.  Parece que se enfadó porque le dijo que le parecía peor sitio  para choclarse que la machina del Norte, aunque no estaba seguro de haberse entendido bien, porque ese señor hablaba inglés con mucho acento y ÑE lo había aprendido malamente, navegando con Colasín, y después con Laureano, Segundo, Cheluis y el resto de la cuadrilla en la academia de Troncas y Romanones en Santoñuca.
Total que su fama (¿ es lo mismo que reputación¿), iba creciendo sin cesar, que era tan conocido como Liano El Cuquero, andarín montañés, y ya no se encontraba cómodo; sobre todo, veía con preocupación las continuas ausencias a bonitos, porque aunque Toñina cuidase del maravilloso animal con todo el esmero y cariño como fuera necesario, no era lo mismo, le echaba de menos y  NITUCO también a él.
Y todo acabó de una forma que no podía recordar sin que le vinieran lágrimas a los ojos. Se le ocurrió una tarde dar una vuelta por la machina del Norte llevando consigo a Nituco tan contento como siempre. Estaban haciendo tiempo para el chiquiteo, en un día de fuerte viento gallego, mientras se asomaba al borde de la mar para ver a unos de Bilbao que cogían mubles con un robador; y ocurrió lo que no dejó  de lamentar desde entonces. Una ráfaga de viento traicionero volcó el carro con la bañera donde iba Nituco y, sin poder evitarlo, su entrañable amigo rodó sin parada posible hasta caer a la mar. Nada más tocar el agua vió que la tragedia se avecinaba. El agua era salada y Nituco tenía las aletas atrofiadas por la falta de ejercicio; además,  ya no sabía  nadar a pesar de que ÑE había intentado que hiciera braza en la bañera. Comenzó a chapotear sin descanso, desesperadamente, pero enseguida se dió cuenta de la gravedad de la situación. Nituco abría la boca intermitentemente, se ahogaba sin remedio por el agua salada que le entraba a borbotones y se le atoraban las agallas. Lamentó haberle malacostumbrado, haberle hecho perder su entorno natural, pero ya no había remedio. Se lanzó al agua de inmediato y tras alcanzarle con mucho esfuerzo, pues le arrastraba la bajada de marea, no sabiendo o no pudiendo nadar, qué más daba ahora, intentó ganar tiempo haciéndole el boca a boca a la espera de que alguien acudiera en su ayuda con un bote. Pero no pudo evitar la tragedia. Nituco se le escurría y la verdad, ahora ya podía decirlo, no soportaba el boca a boca con un bonito por muy amigo suyo que fuera.
En fin, que no pudo impedir su desgraciada suerte, y no seguía contando porque no lo resistía;  ya te imaginas el final, añadía. A partir de entonces, cuando iba a bonitos, siempre esperaba que algún otro compañero de Nituco le volviera a sorprender para poder revivir aquella maravillosa experiencia  pero la verdad era, lamentaba decirlo, que ni uno se salvó del marmite, la brasa, el escabeche o el aceite en alguna fábrica de las de Santoña o donde cuadrase.
Mientras contaba estas historias, Ñe se desternillaba de risa acompañándola de mil comentarios a tal cual más original, dejando brillar sus centelleantes ojos con cada detalle. Como le había contado su amigo Einstein, Alberto para los de confianza, la imaginación es  más importante que el conocimiento.
                                    
      
   SON DE LAREDO SON

 De casi todos es conocida la tradicional competencia de nuestra villa con la de Laredo. Es algo que nos inculcan desde la más tierna infancia, está en el ambiente, en el aire que respiramos, hasta el extremo de que deja de ser un tópico para convertirse en un rasgo del carácter. Los tiempos modernos han atemperado antiguas animosidades y, si no del todo, ahora las cosas se toman con otro talante más festivo, sin que falte una buena ración de fresca rivalidad.
Porque puede que alguien nos reproche, para empezar con algo ya conocido y definitivamente asumido, que lo de la ballena sea un cuento. Pero he de jurar por lo más sagrado, aunque tenga serias dudas con este tipo de gradaciones, que se la comieron los de Laredo. ¡ Pero si todavía hay vecinos de ese pueblo que lucen dentaduras con trazos filiformes y piel listada en la barriga!. ¿Qué más pruebas necesitamos?.
Que reconozcan, de una vez por todas, les hicimos un favor que jamás han agradecido lo bastante. Les cedimos, en un gesto de generosidad tan típico de nosotros, carne fresca con denominación de origen, del muelle para ser más exactos, cuando vivían en la más perentoria necesidad, en la miseria, y los santoñeses, siempre afortunados y benditos por la Divina Providencia, nos gozábamos con merluzas, salmonetes, lenguados y sapopeces. Tirábamos los chicharros a la mar.
Todo lo explica, acerca de su carácter, el que para salir de la pobreza, se hayan dedicado a vivir del turismo y los servicios, menesteres sólo propios de gentes sin orgullo que para ganarse un duro no les importa arrodillarse. Y algunos han aprendido francés, inglés y hasta euskera, nueva lengua transnacional imitadora de la que en nuestra infancia nos decían era la del Imperio; cualquier cosa con tal de prosperar. Lo tienen difícil de cualquier modo porque con el acento pejino, que eso sí que no lo han perdido, no hay quien les entienda.
 Les hemos cedido las oficinas de Hacienda, Seguridad Social, Juzgados, Registro, Servicios Eléctricos, Banca Comercial, Hospital y un largo etcétera. Y claro, nos pagan inspeccionándonos más que a nadie, por pura envidia, afán de fastidiar y, lo más importante, recaudar donde se encuentran los duros, porque ellos no tienen un ochavo. Les instalan los contadores eléctricos con mayor sisa. En el Hospital nos atienden los médicos peor cualificados y hay que estar atento pues en cuanto te descuidas, y ha ocurrido muchas veces, te curan, es un decir, con medicinas dudosas, si no caducadas. Nuestras mujeres dan a luz como la madre que las parió y las suyas lo hacen con anestesia epidural. No es de extrañar que sus hijos sean tan enclenques, debiluchos, sin espritu, que para oírles llorar hay que instalar micrófonos y altavoces. Y me callo cosas.
 De su historia comparada con la nuestra, mejor es no hablar. Que para una vez que un emperador despistado, obligado por la galerna, seguro, desembarcó en sus muelles, vamos un pantalán de mala muerte, salió zumbando para Yuste donde se cuenta, y será verdad, no volvió a probar sardinas por el resto de su vida. Había sido obsequiado, un eufemismo, con las de Laredo, que no eran sino el verdadero antecedente, un ensayo, de lo que le iba a suceder a un alto cargo del anterior Régimen, veraneante en la localidad porque en Santoña no le alquilábamos piso, que falleció envenenado creyendo haber comido, iluso, auténticos manjares que no eran sino sobrantes de vivero que ni los cámbaros comían.
 En el colmo de la desfachatez, rapiña y ganas de figurar a toda costa, nos roban no sólo El Puntal sino el mismísimo nombre de nuestra bahía, y lo pregonan aprovechando nuestro excelente clima con un barco turístico, bajel pirata, le llaman El Mentiroso, que navega, es un decir, delante de nuestras narices y visitantes, recordándonos, haciendo hervir la sangre, todas sus fechorías. Llegados a este punto bueno será advertir, que el que avisa no es traidor y las armas las carga el diablo, que puede ocurrir un día que un desaprensivo, aunque no le falte razón la verdad sea dicha, enfile hacia el barco el cañón que tenemos instalado en El Pasaje y abra fuego a discreción. Nos gustaría salir más en los periódicos pero no por hechos luctuosos. Quede constancia.
Para más INRI, ahora que las perspectivas de nuestro puerto son inmejorables, que ya nos han pedido atraque las más renombradas compañías de cruceros de placer que en el mundo existen, que tenemos acongojados a los de Puerto Banús y Las Bahamas, si lo sabré yo, nos quieren hacer la competencia lanzando a bombo y platillo la noticia, un vulgar bulo más bien propio de judíos y masones que tendría su justo castigo si viviera quién yo no cito, pero que por más señas tiene monumento en este pueblo,  de que van  a invertir más de 500 millones de Euros en un puerto imposible. A ver quién va a ir a Laredo, digo yo,  con el clima tan infernal que padecen, que ahí no cesa de llover, mientras aquí luce un sol cegador, florecen y dan fruto naranjos, limoneros, mangos, papayas, aguacates y bananeros. Para qué seguir.
 Pero es que, además, aún recuerdo los conflictos deportivos entre nuestros equipos de fútbol. Encuentros fraternales les llamaban los cursis y relamidos del Marca, As, y otros periódicos por el estilo, en sus crónicas deportivas. Dábamos con nuestra presencia un toque señorial a sus campos de San Lorenzo y, a pesar de ello, nos trataban con bajeza y feo estilo. Eran batallas campales de 22 cuerpos con el alma encallecida, piernas estevadas por mil patadas sin esquiva y fiera agresividad impulsada con nuestro decidido, inocente y granítico apoyo. Los recíprocos insultos e imprecaciones, cuando no alguna pedrada o agresión traicionera, nos hacía huir apresurados hasta el muelle laredano para embarcar de vuelta a casa en nuestros lujosos paquebotes de sonoros e ilustres nombres: San Pío, Berria, Batabano, Río Nájera, etc.  Eso sí, siempre confiando, entre juramentos o invocaciones que nos prometían celestiales indulgencias a falta de placeres más tangibles a nuestro alcance, que los motores Unanue y Yaregui arrancaran de inmediato y no fallaran las mechas salvadoras de la tragedia presentida. Era justa la venganza cuando amenazantes e iracundos les gritábamos : !Ya vendréis a casa!
 Y uno no puede sino rememorar las aventuras vividas gracias a personajes que nos parecían casi míticos, pequeños dioses terrenales con altar en todos y cada uno de nuestros infantiles corazones. Abascal, Fredo, Ramiro, Pilín, Pillete, Angel, Liano, Santamaría, Erri, mi Zamora particular,  y otros muchos que no puedo mencionar.
 Uno de nuestros rivales, porque lo eran míos también, en el Laredo, era un extremo peleón, rocoso y con rara habilidad. Creo se llamaba Juanito “Farol”, y era feo de solemnidad. Estoy seguro de que en estos tiempos de cultos mediáticos, corrección política e imágenes cuidadas, la suya saldría recortada en prensa, sólo de medio cuerpo para abajo, en aras de la tan cacareada discriminación positiva.
En fin, amigos de Laredo, pelillos a la mar. Porque a todos, sí a todos, que nos hicísteis tan felices, os amamos en el recuerdo.
       
             
     
    UNA DEL MUELLE 

 Casi todo núcleo de población, por pequeña importancia o tamaño que tenga, dispone de algún punto de referencia ya sea colectiva o de una parte de sus habitantes. No digamos de las grandes ciudades que siempre se relacionan con uno o varios  de esos puntos significativos: Madrid y su Gran Vía, Barcelona y Las Ramblas, etc.
En Santoña disfrutamos de un sitio, junto con la Plaza de San Antonio, que no sólo es lugar de reunión diaria para muchos de sus pobladores, sino también el núcleo central de gran parte de la actividad del pueblo. Y he dicho disfrutamos, porque suele ser un verdadero goce contemplar todo el ajetreo y bullicio que ese sitio, llamado muelle, nos ofrece. Barcos llegando y saliendo continuamente, maniobras de todo tipo, paseantes sin objetivo concreto, conversaciones sin fin y grupos de diletantes que se recrean con comentarios u observaciones que para sí quisieran los mejores cronistas.
Claro que ello no quiere decir que sea siempre la palabra alegría la adecuada para definir ambiente tan especial, pues también se nota, llegado el caso, cuando las cosas no van tan finas como todos quisiéramos, que el horno no está para bollos.
En el muelle puede uno pulsar  la opinión general del pueblo y contactar con algunos de los personajes más significativos. Entre otros, hay un tipo de mucha tradición y utilidad para las necesidades habituales de un barco de pesca. Me refiero al viejo ó anciano de la bodega, antiguo marinero ya jubilado que ayuda en tierra cuidando de mantener al día los útiles más inmediatos para la tarea  de un barco pesquero. Suele ser cargo de verdadera confianza cuya labor es tenida en gran estima; se recompensa con una participación en los ingresos por la pesca, una pequeña soldada.
 Y de uno de ellos quiero hablar. El personaje, tiempo ha desaparecido, era uno de estos viejos, palabra que en Santoña define una condición y un oficio al tiempo, que respondía al nombre de PICIO, y no creo que fuese por el conocido dicho alusivo a la fealdad. Era un hombre de andar pausado y hablar desafiante, provocador, buscando siempre las cosquillas de sus interlocutores para disfrutar y regodearse con bromas constantes e irónicas tomaduras de pelo que, según dicen las crónicas, llegaban a cabrear un pelín al personal. Y tanto  fué el cántaro a la fuente, que un día ocurrió lo que tenía que suceder en justo pago a su descaro y osadía, después de haber hecho viajar a un colega, MESIO de nombre imaginario, hasta Avilés, con un suministro para un barco que, en realidad, no estaba en ese puerto ni tenía necesidad alguna de ayuda. El sufrido receptor de la pesada broma esperó pacientemente la oportunidad propicia, que llegó cuando el barco de PICIO se encontraba faenando por el Sur de España.
Como es costumbre, los barcos se comunican con el viejo de la bodega a través de emisoras de onda corta, teniéndole al corriente de la marcha y quehaceres diarios, pasándole los encargos o pedidos por el mismo medio. El sufridor aprovechó la circunstancia para, con hábil imitación de voz y otros detalles convincentes, comunicarle a PICIO que el barco estaba de arribada en Algeciras con una avería, y rogándole se desplazara de inmediato con la pieza necesaria. Cayó el habitual cazador en la trampa y se dispuso a cumplimentar el encargo, que a la postre resultó una cruel broma que hasta la Conferencia Episcopal del País Vasco habría considerado tortura o atentatoria de los derechos humanos.
Tragado el anzuelo y PICIO  más contento que unas castañuelas ante la perspectiva de hacer turismo con pólvora ajena, comenzó a planificar tan placentero y servicial viaje. Pensando en su hernia, no sabemos si discal o inguinal, optó por contratar  el mejor taxi de Santoña, un Mercedes conducido por el amable y eficiente CIUCO. Quedaron para partir en amigable camaradería a las diez de la mañana de un sábado de primeros de noviembre. Acudieron a la cita puntuales. PICIO vestido con sencilla elegancia, camisa blanca recién planchada, traje azul mahón reluciente, la boina de los domingos y muda limpia, que nunca se sabe lo que puede pasar; CIUCO con su acostumbrada sobriedad.
Tras colocar en el maletero la pesada pieza solicitada, se acomodó PICIO en el lujoso vehículo y sin importarle ni poco ni mucho los veinte duros el kilómetro, ordenó el inicio del viaje con una pizca de altiva satisfacción. Cuando ya iban por el primer puente, sintió el inmediato gusanillo que suele ser más acuciante cuando es otro el pagano, y pararon en Cicero para el primer café de la mañana. Continuaron viaje tomando la autovía hacia Bilbao, pues PICIO  odiaba las curvas continuadas, y se plantaron en Vitoria en un santiamén, pero ya puesto el pensamiento en Aranda de Duero, lugar de parada obligatoria porque había oído alguna vez en el muelle, y CIUCO consentidor lo confirmaba, que allí se comía un cordero asado castellano de chuparse los dedos, acompañado de un vinillo clarete muy regocijante, con café, copa y puro habano. Y así fue, en efecto, que puestos a comer gratis no se debe ser muy exigente, ni olvidar dar  gracias a Dios . Siguieron viaje sumido CIUCO en suave somnolencia que su pericia superaba y PICIO  totalmente caído en un profundo sueño reparador de tanta fatiga gástrica. Se detuvieron en Madrid, en las afueras para ser más exactos, a tomar un café negro bien cargado que ayudara a  vencer la monotonía de la llanura manchega que, si a CIUCO no llamaba la atención por tenerla mil veces recorrida, a PICIO  le pareció, aunque novedosa, interminable, acostumbrado como estaba al variado verdor de nuestras montañas, nuestros bosques y la maravillosa bahía. Eran tiempos en que aún no tenía razón práctica la barojiana observación de que los localismos, hoy nacionalismos, se superan viajando. Tras otra interrupción para nuevo café en el Parador Nacional de Turismo de Manzanares, cuyo lujo sorprendió al apabullado PICIO, continuaron la jornada hasta Sevilla, donde hicieron parada y fonda. Confortablemente instalados en un hotel de tres estrellas, tampoco hay que pasarse, salieron los dos colegas a solazarse con  unas copas de manzanilla más una ligera cena consistente en langostinos frescos de Sanlúcar, solomillo de cerdo ibérico y sabrosos helados, todo ello regado con un rioja gran reserva. Una rápida visita por el centro de Sevilla para bajar la cena, con Torre del Oro incluída, terminando la agotadora jornada acostándose satisfechos de haber cuidado tanto el cuerpo con el frugal condumio, como el alma con la importante misión encomendada, cuyo final feliz encomendaban al esperado encuentro al día siguiente en Algeciras.
Debidamente descansados y relajados después de tanta tensión como produce el turismo en esas raquíticas condiciones, reiniciaron  viaje hacia Algeciras casi de madrugada, ansioso PICIO por cumplir su importante objetivo. Llegaron a la ciudad y se dirigieron, de inmediato, al puerto pesquero, donde a buen seguro debía encontrarse el barco y PICIO imaginando ufano, eufórico, la salva de cohetes, música y boinas al aire de obligado festejo a la conclusión  de la encomienda. Preguntó donde se hallaba el buque, pero nadie supo darle razón. En vez de oir, cuando se aproximaba al muelle, el ansiado “eres alta y delgada”, no escuchaba sino fandangos y bulerías que pensó serían propios de gentes tan festivas como los andaluces. Ya más mosqueado que el matainsectos eléctrico de donde Berto, con CIUCO observando sólo de reojo y soltando algún que otro preventivo comentario apaciguador, siguió indagando hasta preguntar en la Comandancia de Marina, donde le confirmaron no haber visto ni oído de buque alguno que respondiera a sus detalles, ni en sus registros, ni en los del Archivo General de Indias consultados por si acaso. Adquirió el semblante de PICIO color más bien propio del bacalao seco de Terranova, y le costó Dios y ayuda recuperarse de tan desgraciada noticia que relacionó, de inmediato con MESIO a quién, reconcomido por la rabia asesina, se figuró tomando doble ración de blancos para celebrar su fechoría. Ya transcurridas unas horas, recuperada la aparente calma, ordenó a CIUCO la vuelta a casa con la decidida intención de tomarse cumplida venganza.
Se le quitaron las ganas al ser recibido en el primer puente por cincuenta o sesenta de los habituales del muelle, esta vez sí, con vítores, canciones propias del caso con pito y tamboril, además de pancartas alusivas Se cuenta que PICIO tardó un par de meses en salir de casa de nuevo y cuando lo hizo, estaba tan absorto e iluminado que no paraba de recitar a quienquiera que le escuchase, aquello de “donde las dan las toman y callar es bueno”.
Con el tiempo, la paz volvió al muelle, y hasta se vió a PICIO  y MESIO juntos de nuevo tomando chiquitos. Incluso montaron en sociedad un fabriquín de anchoas  que comercializaba sus productos bajo el nombre de La Cabronada, que a unos les parecía esotérico y a otros, simplemente, malsonante; sólo los que conocían los antecedentes lo encontraban muy apropiado.
      
       
 COSAS DE  XX (desde que escribí estas líneas, lamentablemente, la persona de quien tomé esta historieta, ha fallecido)

Voy a narrar un sucedido que tuvo lugar hace bastantes años. Hoy no tendría la importancia de entonces porque la Ciencia avanza que es una barbaridad; ya no hay perros sueltos enfermos, ni gentes que merezcan mordedura sin que quienes corran riesgos sean los animales.
Lo que sigue a continuación le ocurrió a un buen amigo mío, santoñés de pro. Lo cuento porque sé que a él no le importa  se descubra ahora de forma general y, además, está convencido de que no hay riesgo que le aceche aunque, como veréis, si seguís leyendo estas líneas hasta el final, nuevas y recientes investigaciones sobre la rabia hacen muy dudosa tanta seguridad.
El personaje protagonista es hombre de excelente humor, al menos fuera de casa por lo que conozco, de débil y extraordinaria mala salud de hierro, con vesícula, hígado y riñones sufriendo de extraña y arcana patología desde la merienda de su primera comunión, que ha tratado de curar o mantener a raya con buenos pescados, carnes escogidas, cocidos montañeses, bien curados embutidos y no peor trasiego de vino tinto de las mejores marcas y cosechas. Hasta el momento presente ha tenido éxito, quién sabe si por la suerte o el  buen cuidado de su mujer. Todavía se le ve por las mañanas de buen tiempo salir a recolectar donde cuadre y se lo permitan (como buena persona que es no le faltan ofertas) sabrosos frutos de temporada, sin distingos inútiles entre la mar y la tierra, pues todo es bienvenido. Si hablamos de cosas más específicas, tengo por cierto es persona de hilar fino y exquisito paladar, a quien complace más la fruta tempranera, aunque como a tantos de nosotros, puestos en el dilema imaginado, no le importaría pegar bocado en lugar o producto prohibido, pues hoy en día hay todo tipo de calmantes, exceptuados los caseros por su baja efectividad, para los ardores imprevistos.
Es persona de hablar entusiasta, ameno discurrir y risa fácil, no faltándole tema de conversación, siempre  dispuesto a perder el tiempo o ganarlo, quién sabe, con cualquier cosa que suponga distensión sin importar la trascendencia.
La historia que sigue le sucedió hace muchos años y él la contó a sus amigos más cercanos en la falsa creencia de que no iba a salir a la luz pública fuera de ese estrecho círculo. Yo he mantenido mi promesa, pero no sé si los otros  también,  y si lo descubro ahora, es porque tengo un deber de lealtad hacia mi amigo después de lo que he leído recientemente sobre la rabia; que quiero hacerle saber de buena mano lo que se ha descubierto sobre esa terrible enfermedad; no vaya a ser  lo conozca a través de gentes que sin necesidad le alarmen, ya que de por sí es  de condición aprensiva.
Como decía, hace ya bastantes años, cuando la incipiente, sana y nunca abandonada costumbre de la recolección le acosaba, salió muy de mañana con sus aperos de almacenar en dirección a la Iglesia parroquial. Y no precisamente para cumplir con los preceptos del buen cristiano, sino para, digámoslo suavemente, afanar unos frescos, jugosos y apetitosos higos que el bueno de Adolfo Muela tenía en la primorosa huerta de su casa junto a la de D. Cirilo y la citada Iglesia. Paseó mi amigo con su habitual jovialidad por la calle Alfonso XII arriba, saludando alegremente a los pocos viandantes de esas horas matutinas, hasta llegar al sitio de autos. Con sigilo culpable, abrió la puerta del huerto dispuesto a realizar una poda peculiar y personal en la hermosa higuera repleta de almibarados frutos y, tras acondicionar el embalaje, comenzó a aligerar al sufrido árbol de tanta carga innecesaria. Naturalmente, durante la maniobra algún que otro higo pasaba directamente al coleto, pues además de asediarle la gazuza matutina, en algún sitio había leído que el fino producto, tomado en ayunas y sin pasarse, era un excelente tonificante biliar con el complemento de un poco de bicarbonato en caso de exceso. Se encontraba mi colega en tan placentero ejercicio, cuando un chucho ratonero de dudoso origen y mirar traicionero, pero fiel protector de su parcela, se lanzó decidido a hincar el diente en la hermosa pantorrilla que la pernera levantada había dejado al descubierto. Tuvo éxito el feroz guardián, dejando marcada la dentadura en la pierna de mi amigo quien, en un principio, no dio mayor importancia al incidente; la señal marcada casi parecía un original tatuaje.
En estas estábamos cuando apareció el bueno de Adolfo Muela, más por el escándalo que por el asalto a la huerta, que ya tenía previsto como en años y ocasiones anteriores. Al ver a nuestro común amigo en esas extrañas condiciones, aconsejó a éste que no exagerara la situación aunque, previsoramente, recomendara consulta con Federico, profesional de mucho prestigio, excelente persona y una pizca bromista; y más conociendo al personal . Personado mi amigo en la consulta de Federico, éste, tras somero examen, le aconsejó no preocuparse más del asunto, aunque introduciendo la taimada sospecha de que, quizás, conviniese un examen del chucho para descartar problemas. Se marchó mi amigo un poco más sosegado, aunque sintiendo no una, sino un enjambre de moscas detrás de la oreja.
Llegado a casa, repasó de inmediato la reseña del Espasa sobre la rabia y sus síntomas, no sintiendo, tras profundo autoexamen, nada nuevo que le provocara sospecha alguna. Continuó disfrutando de los higos con mayor fruicción si cabe, pero manteniendo una ligera inquietud y desasosiego que los comentarios de sus íntimos amigos, conocedores de su natural aprensivo, procuraban acrecentar, maliciosamente, con pesadas bromas. Transcurridos tres días desde la mordedura y no soportando por más tiempo la desazón, decidió mi querido amigo acercarse donde Adolfo Muela para que le dejara el aborrecido can al objeto de someterlo a examen por el  veterinario. Pero, ¡ oh infortunio¡, Adolfo le informó de que, desgraciadamente, no podía ayudarle pues el perro, mal amarrado, se había ahorcado justo después del incidente y había procedido por tanto a su enterramiento.
Sintió mi amigo sudores fríos y sofocos  menopáusicos que casi le causan un desmayo. Así que se fue directamente al veterinario quien, aburrido de tanta consulta gratuita, acabó recomendándole le trajera la cabeza del perro para su análisis. Volvió donde Adolfo con esa petición y este le rogó viniera en un par de horas para recoger tan valiosa pieza, el cuerpo del delito. Entretanto, Adolfo llamó al veterinario para decirle de la visita recibida e informarle de que no disponía de la cabeza del perro, que lo había enterrado quién sabe donde en el monte próximo pero que, si no le importaba, le pondría en una bolsa los restos de una cabeza de cordero que había comido por la mañana, en la seguridad de que, haciendo el paripé de un falso análisis, lograrían tranquilizar al lesionado. Así lo hicieron de consuno y al cabo de unos días mi amigo, que había llevado al veterinario la cabeza del cordero para su examen sin ser consciente del engaño, recibió la buena nueva de encontrarse libre de riesgos de rabia. Y de esta forma, convencido de su buena fortuna, ha permanecido hasta hoy mismo.
Y ahora viene la razón por la que cuento todo esto. Resulta que llevado de mi amor por la Ciencia, leía en días pasados en la revista “EL DOCTO MUHAIDIN”, publicada en Dar El Salam en lengua suajili y en Karachi en urdu, un artículo sobre la rabia. Decían haber descubierto, en contra de lo creído hasta ahora, que el virus de la rabia se puede reproducir cada cinco a diez años y durante una centuria por lo menos. Que los síntomas más inmediatos, por muy raro que parezcan, comienzan por las ganas de marchar de casa para echar una cana al aire;  deseos de morder jamón ibérico, pata negra a ser posible y, finalmente, una sed horrible que sólo se apaga con un par de botellas bien frías de cava de marca y caldo no inferior a Dom Perignon. Describen más síntomas menores de poca importancia como, por ejemplo, desear a la mujer, primas, sobrinas y hasta pacíficas abuelitas del prójimo y algunos, seguro no es este el caso, al prójimo mismo. (Supongo que también  puede suceder al revés, que las mujeres tengan las mismas apetencias respecto de los hombres ajenos pero, desgraciadamente, no lo mencionan y, por tanto, no me atrevo a sacar conclusiones que puedan ser erróneas y crear alarma social innecesariamente).
Parece un estudio serio, aunque yo siento esos mismos síntomas con cierta regularidad y me consta, si lo sabré yo, que no me ha mordido perro alguno.  A gentes consultadas de mi alrededor, que viven en parecidas condiciones, les sucede lo mismo.
Pero yo debo contarlo para que mi amigo, a quien, como queda dicho, sí le mordió un perro que, en contra de lo que cree, no fue analizado, tome las debidas precauciones. A ver  como iba a aguantar yo el cargo de conciencia si, por un casual, se reproduce la rabia en Santoña. Puede que viniendo el estudio de tan lejanas latitudes se trate de un virus de otro tipo de cepa, pero quién sabe. Sólo pido a la persona a quien van dirigidas estas líneas, actúe rápido si se observa la sintomatología descrita.
Al fin y al cabo, bien puede dar gracias a Dios de tener amigos interesados en temas científicos y, sobre todo, que sepan  hablar y leer idiomas de tan rara procedencia, estructura y caracteres.


         PIPI

Cuando yo le conocí o, mejor dicho, le traté con cierta intimidad, era hombre de edad madura, pero conservando la pátina de elegancia y refinada seguridad que da la buena vida. Pipi, este es el nombre de mi personaje y no conozco otro, Abascal Quintana por más señas, no había sido siempre así; lo recordaba continuamente como queriendo dar a entender que no renunciaba a sus humildes comienzos y orígenes.
Alto y de fuerte complexión, no había perdido la especial textura que tiene la piel de nuestros hombres de la mar, aunque hacía años había abandonado el oficio para incorporarse a la plantilla de la Policía Municipal punto del que parte, como veremos, la fuente de su colosal fortuna. Yo lo he sabido por sus confidencias y si me atrevo a contarlo ahora es porque él ya ha desaparecido y sus hijos, la familia, viven en Marbella en unos magníficos chalets con vistas al mar y con piscina; poco les importará que yo narre ahora lo que creo es una curiosa historia si, encima, colaboro a recuperar su buena fama, absurdamente puesta en duda.
Todo dió comienzo hace ya bastantes años, cuando apareció un inesperado y extraño cadáver en la playa del Puntal de Laredo. En aquella época, cuando aún se discutía la titularidad de ese terreno, si había un caso desagradable o luctuoso, como es el presente, los de Laredo daban noticia a la prensa como ocurrido en el Puntal de Santoña; lo que no les impedía cambiar el título si hablaban del especial atractivo de “nuestras playas”. En fin, el caso es que, como queda dicho, apareció el cadáver de un ahogado en el lugar citado y rápidamente los de Laredo dieron parte a la Policía Municipal de Santoña para, nunca mejor dicho, quitarse el muerto de encima Se dispuso por la Jefatura que fuera a investigar Pipi quien, tras aprovisionarse de los elementos necesarios para desarrollar su labor, partió raudo hacia el Puntal tomando la barca de Maurilio en el embarcadero del Pasaje. Desembarcado en la orilla opuesta, se dirigió decidido, autosuficiente y con una pizca de conmiseración para con los numerosos diletantes y  curiosos, como se imaginaba haría el mismísimo Sherlock Holmes, a inspeccionar el cadáver rodeado o, más bien, vigilado a cierta distancia, por sus colegas de Laredo. ¡Dejadme sólo!, rugió intimidante, y acto seguido comenzó a examinar concienzudamente el cuerpo del infortunado, prácticamente intacto y aún conservando parte de sus ropas. De uno de los bolsillos del pantalón, extrajo Pipi un arrugado papel de caracteres extraños y casi borrados que guardó cuidadosamente. Acabada la inspección y dispuesto el cadáver para su posterior levantamiento por el Juez, se celebró una corta reunión para comentar las averiguaciones de Pipi que, como nos podemos imaginar, gozaba de reconocido prestigio por haber resuelto anteriormente numerosos y difíciles casos, entre los más apreciados por la vecindad de Santoña el de dar a conocer todas las tiendas de la localidad con sisas continuas en sus básculas, labor meritoria e interminable en aquella época.
Se comentó pues, con énfasis, agudeza y sutiles comentarios, acerca del resultado de las pesquisas, sin llegar a conclusiones definitivas. Sólo cuando estaban a punto de levantar la reunión, Pipi aseguró, con decidida contundencia, que el interfecto era italiano. Todos quedaron sorprendidos ante esta observación, y más cuando requerido Pipi para que aclarase y explicase su descubrimiento, se fué por los Cerros de Ubeda sin ser capaz de dar sentido a su afirmación, aunque tampoco insistieron demasiado por estar próxima la hora del chiquiteo.
Para acortar lo que no quiero sea una excesiva historia, diré que al poco tiempo del suceso y casi olvidado por rutinario, Pipi desapareció de Santoña por quince o veinte días en compañía de Situca su mujer, la hija de Gelín Caramomo que todos conocemos. Cuando aparecieron de nuevo en el pueblo, lo primero que hizo nuestro personaje fue pedir la baja en el Cuerpo de la Policía Municipal, cosa que llenó de espanto a sus allegados y conocidos ante lo que imaginaban una locura, inicio de un dudoso y negro porvenir. Pero para envidia, admiración o sorpresa (depende de cada cual), el tren de vida de Pipi y su familia comenzó a ser de auténtico lujo. Como de costumbre, siempre que se presentan estas tesituras,  apabulló al personal con un coche Mercedes último modelo. Trajes de pura lana virgen y jerseys de cashmere. Los zapatos todos de piel de cocodrilo que al no poder repararse, tras mucho uso, en los modestos talleres del pueblo, eran desechados despectivamente. Lo que más envidia causaba, y de esto yo también soy testigo, era verle todas las mañanas a mediodía con Situca (con los hijos sólo los domingos y festivos) tomando el vermú donde Herrería, bar de auténtica solera por entonces, siempre acompañado de sabrosas raciones de bolas de bonito, rabas o muergos en salsa, y fumando tabaco rubio cuyo humo los colindantes aspirábamos con fruición. Situca lucía en invierno abrigos de visón o de otras pieles casi desconocidas en la época, que eran la admiración de las vecinas. Y en verano no dejaba de vestir, casi exhibir, ligeras blusas y faldas del mejor y más liviano tejido, presumiendo ufana de unos brazos excelentemente torneados, piernas y caderas mejor conjuntadas que el Partenón, dejando entrever, provocadoramente, los apetecidos misterios que insinuaba el ligero sendero descendente de su pecho. Pero claro, Situca, con esta terrenal vida, que la otra había comenzado a perder interés, ganó unos kilitos de más, lo que no era obstáculo para que el matrimonio pareciera más enamorado que nunca; siempre cogiditos de las mano y besuqueándose felices.
Los directores bancarios de las diferentes sucursales de Santoña, se desvivían por obtener las cuentas de Pipi y hasta daba vergüenza ajena verlos merodear por el Herrería invitándoles, ¡ahora!, en numerosas ocasiones. Incluso en el Casino, cuando Pipi y Situca iban al cine los domingos, esos directores procuraban acomodarse cercanos al matrimonio, no cesando sus zalameras insinuaciones y gestos que denotaban una obligada servidumbre. Se decía, y sé ahora que es cierto, vivían tan opíparamente con sólo los intereses de sus cuentas bancarias.
En cuanto a viajes no digamos. Todos los años casi un mes de vacaciones por Europa. Si hablabas con ellos de Roma, no paraban de elogiar sus avenidas y coliseos; de la Riviera italiana o francesa describían con todo detalle sitios como Portofino o Camogli y sabían de memoria los pasos exactos de la Promenade des Anglais en Niza. Si tocaba Paris, describían con pormenor y sin un fallo los Campos Elíseos y te hablaban del Hotel George V como si fuera el pasillo de su casa. En fin, para qué vamos a seguir si todos lo conocéis.
Pero claro, tal lujosa exhibición, tanto poderío, conociendo el personal, levantó las más inusitadas sospechas en Santoña, y quién más quién menos, insinuaba que el origen de la fortuna de Pipi, por fuerza, había de tener un motivo sospechoso. Unos decían que el contrabando, otros que las drogas, pero nadie, absolutamente nadie, daba un ápice por la honradez de Pipi. Tampoco yo, la verdad sea dicha; pero ahora creo llegado el momento de recuperar la buena reputación de la familia que, aunque lejos ya de nosotros y quién sabe si como consecuencia de la inmerecida mala fama, no debemos mancillar por más tiempo.
Bueno, pues el origen de la fortuna de Pipi, ya es hora de contarlo porque me siento autorizado, viene del papel que encontró en el bolsillo del cadáver, y cuya difícil lectura le llevó a afirmar se trataba de un italiano como también, todo hay que decirlo, de la dejadez de sus colegas que no quisieron continuar averiguando acuciados por la viciosa necesidad del chiquiteo. Pues Pipi, nada más llegar a casa, examinó con detalle el documento, aún legible a pesar de la dificultad. Cuando lo sacó del bolsillo en el  Puntal, solamente pudo leer TOTTO CALCIO , única pista,  una insinuación, un por si acaso, que  dio pie a su aseveración sobre la nacionalidad pero ahora, descifrando con detenimiento detectivesco, pudo saber se trataba de una quiniela. Por pura curiosidad, sin esperar confirmación alguna, comprobó los resultados de la misma en la GAZZETA DE LO SPORT y  vió, sorprendido, que tenía catorce aciertos incluyendo dos goleadas en campo contrario de los modestos Mantua y Bari a cargo de los poderosísimos Inter de Milán y Juventus de Turin. Certificó, asombrado, atónito y hasta inicialmente asustado, tenía en sus manos un documento que valía tropecientos miles de millones de liras. Y su primer viaje fue para cobrarlas.
Ahora comprenderéis, y espero dejemos ya las habladurías reconociendo la respetabilidad de la familia, por qué Pipi solicitó la baja tan inesperada y sorpresivamente en la Policía Municipal, dedicándose a disfrutar de la vida con la holgura descrita. Entenderéis, también, que no era prudente contarlo con detalle y no se lo podemos reprochar. No le culpemos. Debemos reconocer nuestra deuda e invitar a los que quedan de la familia, casi andaluces hoy en día, a visitarnos con asiduidad e, incluso, invertir unos pocos millones en Santoña. Al fin y al cabo, ¿qué habríamos hecho nosotros? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.